Bruno Lábaque, sin filtros: hace una feroz autocrítica y dice que sueña con Londres 2012

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Sus últimos cinco años son una brasa ardiente, una lastimadura visible que lo mantiene alerta: una cicatriz que le sirve para recordar cuán lejos estaba ese fondo que tocó. Supo todo lo que se podía caer. Sufrió la profundidad de los abismos emocionales y, al escucharlo quebrado en el relato de esa montaña rusa que, sin pausas, lo sacudía en los extremos, se entiende por qué disfruta como disfruta. O por qué festeja como festeja: dedicándole el título a quienes no lo creyeron capaz de salir del pozo, a los que supusieron que estaba liquidado, sin retorno.

Por su personalidad, es difícil que Bruno Lábaque pase desapercibido. Nunca fue un tipo de perfil bajo. Con él no hay (o no había) términos medios: lo aman o lo odian. La premiación en el Súper 8 de Formosa, con una dedicatoria con aire de cierta revancha y sin destinatarios claros, avivó ese rasgo polémico casi inherente a su modo de ser. Pero Bruno está lejos de callarse: dice que no hay resentimiento en sus palabras y que él es así, frontal, calentón, y que no anda con vueltas.

Cuando la charla transcurre, hay que aceptar que sí. Que está en un momento de honestidad brutal. Que puede hablar de todo. Que no tiene rodeos para aceptar que sentía que había fracasado en los dos frentes: como hombre que buscaba armar una familia y como basquetbolista. Que es capaz de decir que se olvidó de sí mismo. Que no sabía qué lo hacía feliz.

Para un periodista no hay peor entrevista que esa que transcurre con una charla anodina, superficial, sin relieves: encontrar un título es una odisea. ¿Pero qué hacer cuando del otro lado está Bruno Lábaque y su boca ametralla una frase fuerte tras otra? “No pude manejar ni mi familia ni mi carrera: sentía que era un fracaso”, dispara. “Me siento un boludo por todos los años que perdí. Me olvidé de mí, pero por culpa mía, eh…”, continúa. “Eran demasiadas cosas que me comían la cabeza. Ahora va a ser difícil que me bajen”, añade. “Sueño con Londres 2012: muero por eso. Si estoy así, me animo a pelearle el puesto a quien sea”, se ilusiona.

A continuación, la charla con Bruno, al desnudo, sin filtros.

–Se percibe, en tus festejos, un sentimiento de revancha. En Formosa dedicaste el título a los que no creían en el equipo y dijiste varias veces “Sigo tapando bocas”. ¿Es parte de un pasado en el que no te sentiste valorado o tiene que ver con el hecho de haber vivido demasiadas cosas en estos años?

–Primero, es un momento particular, porque en los últimos años no tenía metida la cabeza en el básquet.  Después, por muchas críticas: decían que yo estaba roto, que no era bueno para Atenas, que tendría que retirarme. Pero también es el pasado: cuando empecé no me valoraban porque era el hijo del presidente; después, porque estaba “al lado de…”. Y cuando salí campeón sin estar “al lado de…” tampoco me valoraron. Siento que siempre fui tapando bocas, pero en el buen sentido, porque soy positivo y todo eso me fortalece.

–¿Ese sentimiento no te hace quedar enganchado en el pasado? ¿Disfrutás lo que vivís en el presente o lo tomás como revancha, como desahogo?

–En mi vida nunca me fui quedando: ni con la enfermedad de mi hija, ni con mi separación, ni con un accidente muy grande que tuve. Son momentos que me marcaron. Soy muy católico y siempre miro siempre para adelante. Soy muy positivo y muy difícil de voltear. Y si me voltean, me encierro solo, me dura un par de horitas y de nuevo salgo para adelante. Soy muy fuerte. Por eso los más chicos del plantel dicen que soy alegre y que estoy siempre ayudando. Las cosas negativas me hacen más fuerte.

–Cada vez que pudiste te encargaste de destacar la incidencia de Sebastián González y “el Lobito” Fernández en tu presente. Al grupo se lo ve en armonía total y a vos, con gran compromiso de liderazgo dentro de la cancha. ¿cuánto influyeron “el Seba” y Gustavo?

–“El Seba” es la cabeza de todo, muy bien secundado por “el Lobo”. Gustavo tiene esa chispa de ex jugador y sabe cómo llegarte. “El Seba” es un entrenador distinto, porque escucha a quien sea: a los jóvenes, a los grandes, a todos. No es que tiene una idea y muere con esa idea. Se permite dudar, dialoga, te consulta. Ve muy bien el básquet y es un tipo de una calidad humana que es rara encontrar. “El Lobito” también. Antes que el básquet, ellos priorizan que vos estés bien anímicamente. Además, cuando yo volví a Atenas, hicimos un pacto entre los tres. Ellos me prometieron que me iban a ayudar mucho, porque yo sufría mucho con el hecho de no ver a mi hija y venía muy mal de Buenos Aires. Me dijeron que me iban a ayudar a que recupere las ganas de jugar al básquet y yo les prometí que iba a laburar y a dar la vida por conseguirlo. Y les dije que si yo estaba bien físicamente, que estuvieran tranquilos. “Hace cinco años que no estoy bien físicamente. Y si no me lesiono, les voy a rendir”, les dije. Les cumplí y me cumplieron.

–¿Qué tiene este Bruno que no tenía el Bruno de los últimos años? Se te nota mucho más maduro, con un manejo notable de la pelota, de los tiempos, tirando pases que no tirabas…

–(Tarda unos segundos, se le humedecen los ojos y se le anuda la garganta cuando intenta hablar) Me pone mal, porque la pasé mal. Cuando me separé, estaba muy mal y tenía miedo de no ver a mi hijo. Cuando me decidí a ponerme de pie, a estar bien, fui a un psicólogo y me empecé a dar cuenta de un montón de cosas y a buscar qué me hacía feliz. Antes de estar con Pamela (su ex esposa, Pamela David) o con quien fuera, yo era feliz jugando al básquet, picando la pelota en el club. Y empecé a buscar por ese lado: estar bien yo mismo; estar bien para estar con mis hijos y estar bien para jugar al básquet, que es lo que amo hacer.

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–¿Cómo se dio ese proceso?

–Alejo Clérici, un amigo de Buenos Aires, fue la primera persona que se acercó en mi peor momento. Se me acercó y me presentó a un profe, Claudio Borges, que había entrenado a Carlos Tevez. Yo estaba tan bajoneado que entre Claudio y Alejo me iban a buscar a casa: inclusive, Alejo me preparaba el desayuno. Empecé a hacer dieta: pollo, pescado, mucho gimnasio. Me corté el pelo, me afeité, y me empecé a ver como el Bruno de antes. Eso me fue estimulando y le fui agregando horas de entrenamiento. Tenía la meta de llegar a Córdoba y estar cambiado. Llegué a Córdoba y todos me decían “¡Qué bien que estás!”, “¿Cuántos kilos menos tenés?”, “Parecés con 10 años menos”. Javier Guiguet (preparador físico de Atenas) fue a Buenos Aires, arregló con Claudio Borges, y cuando arrancamos la pretemporada yo tenía los mejores tiempos del plantel. ¡Mejores tiempos que pibes a los que les llevo 12 ó 13 años! Eso me fue alimentando un montón y también empecé a hablar con “el Cabezón” Milanesio y le pregunté qué tenía que hacer. Entre otras cosas, me dijo jugando uno contra uno yo hacía cosas que no me animaba a hacer en los partidos. “Las voy a hacer”, le dije. Empecé a mirar básquet, puse el canal de la NBA, empecé a tratar de imitar jugadas: parecía un nene.

–En Formosa, durante buena parte del Súper 8, se notaba eso: en la cancha parecías un chico.

–Sí. Me animo a hacer cosas que antes no hacía. Y tengo ganas de jugar todo el día. Cuando empecé a entrenarme este año y veía que me iba bien, empecé a sentir que era yo. Y ahora va a ser difícil que me bajen. Primero por Atenas y después por mí, por mis hijos. Quiero que mis hijos me vean bien. Yo sufro mucho por no tenerlos conmigo. Si vos me llamás al celu, el ringtone es “Olé, olé, olé / Bruno, Bruno…”, cantado por Feli, mi hijo, que lo escuchó en la cancha. Con “Pame” (su ex esposa) tengo una relación excelente y ella me felicitó por todo lo que cambié en tan poco tiempo. Me alimenta que ella me llame y me diga que mi hijo quiere que le digan Bruno, que ahora sabe que está Súper Bruno, que quiere zapatillas de básquet. Y nunca pasan más de 10 días sin poder ver a Feli. Por suerte, las madres de mis hijos son lo más de lo más: vos por ahí escuchás lo que reniegan otros, pero ellas son dos madres de la concha de la lora. El que estaba mal era yo.

–En tus últimos años en Atenas también tuviste problemas. En el ciclo Bualó se decía que vivías de joda y con Magnano tuviste cruces. ¿Era parte de no estar cómodo con vos mismo?

–Sí, no estaba cómodo conmigo mismo. No salía de joda, pero quería estar todo el tiempo que pudiera con mi mujer y mi hijo. Yo tenía medio día libre y me tomaba un avión a Buenos Aires. No pensaba en el básquet. Tenía la cabeza en otro lado. Trataba de estar todo el tiempo con Pame y Feli. Cuando hacía temporda en Carlos Paz, a mi mujer la iba a buscar al teatro, me quedaba a comer, me acostaba tarde… Me olvidé de mí. Pero por culpa mía. No por culpa de nadie, eh.

–Para muchos, ir al psicólogo es un tema tabú. ¿Te costó tomar la decisión de pedir ayuda y hacer tratamiento?

–No. Lo elaboré con el psicólogo y asumí todas las responsabilidades. Hoy me siento un boludo por todos los años que perdí. A los jugadores de mi puesto les regalé un par de años, por dedicarme a la joda. Bah, no a la joda… Yo no tuve la maduración o capacidad para manejarme bien. A la persona que iba a ser mi mujer la conocí en ese medio, en ese ambiente, y no lo supe manejar. No pensé en mi carrera, aun cuando tenía una mina que me decía que pensara en mi carrera, que me pusiera bien. Y yo le decía: “No, yo quiero estar con vos”. No me di cuenta hasta que hice ¡bummm! y explotó todo. Me dije “No quiero más esto para mí: no voy a estar con mi hijo, pero quiero ser feliz. Mi hijo no necesita verme mal”. Busqué ayuda y entre mis amigos me llevaron al psicólogo.

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–Te abriste cuando tocaste fondo.

–Tal cual. Toqué fondo y me abrí. ¿Viste que algunos te dicen “Después de una separación tenés que hacer un duelo de uno o dos años, nada de psicólogo”?. Y yo no quería eso para mí. Un día dije basta. Al psicólogo me lo presentó un amigo de Obras. Me preguntó cómo estaba y le respondí. “La estás careteando. Yo estuve como vos; no me mientas”, me dijo. Y me empezó a contar que todos creían que él era drogadicto, que esto, lo otro … “Soy relaciones públicas, no tomo alcohol, salgo un día por semana. Lo que hablen los demás es problema de los demás”, me dijo. Me llevó al gimnasio, a su casa, a conocer su familia. Y él me presentó el profe con el que hice toda la preparación. Ahí empezó la reconstrucción.

–¿Cómo reaccionás ante las puteadas y las provocaciones que recibís en muchas canchas? ¿Te afecta o te potencia?

–Es que ya nada me afecta. Esto me potencia. Estoy tan fuerte ahora… Tendrías que haber visto cómo estaba: no quería ni comer. Estaba mal. Pero mal, mal. Yo había apostado a la familia y había dejado atrás mi carrera. Y sentía que era un fracaso mío. Recién ahora me doy cuenta de mis errores, pero estoy a tiempo. Siento que estoy a tiempo. Yo me separé y hay algunos que después de eso tocan fondo y dejan su carrera. Ahora veo que no hubiera servido de nada. Yo me separé, ahora disfruto más a mi hijo, mucho más, juego al básquet, estoy bárbaro, me veo bien… Tengo todo.

–En Formosa contaste que Julio Lamas te había hablado del “resurgimiento de Bruno”. Y en la conferencia de presentación como DT de la selección volvió a nombrarte entre los bases a tener en cuenta.

–Me muero por eso. Me empezó a explotar el teléfono después de lo que dijo Julio. Estoy chocho de la vida. Busco eso porque se lo prometí al profe Borges. me filmaba, me seguía, me incentivaba y me decía “Tenés que volver a la selección, vas a ser el mejor, vas a salir campeón”.

–¿Y te ponés como meta la selección o todo lo que venga es de yapa?

–No, yo quiero eso. Quiero estar, quiero jugar con esa camiseta y quiero que mis hijos me vean con esa camiseta de la selección. Sueño con Londres 2012. Me muero por eso. Si estoy así, me animo a pelearle a quien sea. Marcelo Milanesio me hizo ver que si estoy así, me le animo a cualquiera. Y yo sé que puedo estar mejor todavía. Sé que ahora, cuando les toque enfrentar a Bruno Lábaque, y piensen que soy el de los años pasados, les va a costar. No les será fácil. Y sé que tengo un agregado de liderazgo, de mentalidad, que algunos no lo tienen.

–Después de tantos contrastes, ¿te recriminás haberte perdido esos años? ¿Lo sentís como un tiempo perdido?

–Claro que me lo recrimino. No supe aprovechar esos años. No tuve la capacidad de tener mi familia y mi carrera. No hice ninguna de las dos cosas bien. No pude manejar ninguna de las dos. Yo tenía mi familia en Buenos Aires, y yo estaba acá, lejos de mi hijo… ¡Y no te olvides de la enfermedad de mi hija! Son muchas cosas. Me comían la cabeza. Aparte, mi viejo (Felipe Lábaque, presidente de Atenas) me lo hace saber cada vez que puede. “Perdiste cinco años, perdiste cinco años, perdiste cinco años”, me repite todos los días. Y Marcelo Milanesio me dice: “el base del momento regaló muchos años”. Pero estoy a tiempo. Sobre todo siento que estoy a tiempo.

Fotos: Gentileza Marcelo Figueras / LNB.com.ar

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