La fiesta argentina, en el corazón de Londres, durante la victoria ante Nigeria

Durante largos minutos, en las transmisiones de TV se oía bien clarito: los cánticos de la hinchada argentina, que hacía propio el Basketball Arena del Olympic Park y montaba una fiesta inolvidable en pleno Londres. Priscila Tourn estuvo allí y se decidió a contarlo. Imperdible.

Por Priscila Tourn, desde Londres

La verdad… nací para cumplir mis sueños ¡Y lo estoy haciendo! Llegar a Londres sola, porque se me puso en la cabeza, arreglármelas con un idioma que hablo poco y conseguir entradas para ver cómo Argentina le ganaba a Nigeria son cosas inexplicables. Increíbles.

Llegar a los Juegos y encontrarme con dos argentinos que me ayudaron de corazón fue la primera señal. Era una fiesta cada vez que veíamos que éramos más argentinos en tierras ajenas. Esa alegría de escuchar que hablan tu mismo idioma, que te une la misma cultura y un mismo amor por la patria, hace que no necesites conocer mucho más de ellos. Compartir esos instantes es único. Y sentís que te conocés con todos ellos desde hace tiempo. Te sentís en casa. Y vivir este partido en Londres fue mucho más que lo que me hubiese imaginado. Lo soñé muchas veces. Lo cumplí hoy.

Además, la organización es perfecta. La amabilidad de la gente me resulta difícil de explicar y los Juegos en sí mismos son un show de otro mundo. En la cancha, todo es un show: desde los tiempos muertos hasta la música en medio del partido. Todo te deja anonadado. Todo te parece una fiesta. Es un mundo perfecto.

A medida que avanzaba el partido, y el triunfo era cada vez más seguro, comenzó la segunda gran fiesta. Y digo gran fiesta porque no pasamos desapercibidos con nuestros cánticos, nuestros saltos, ese repertorio eterno y tan gratificante que montamos los argentinos en una cancha. Defendiendo lo nuestro donde sea. Sólo se veían manchas celestes y blancas, unidas, en todo el estadio. Después de esa fiesta, y al momento de regresar, miramos hacia atrás, hacia el bellísimo Olimpic Park y las luces iluminaban la gigantesca carpa blanca con los colores de los ganadores: ese celeste y blanco tan nuestro.

No me cansé de filmar nuestro retorno hacia el centro. Cantamos todos como si hubiésemos ganado el oro. Y era sólo por haberle ganado a Nigeria, pero sentíamos el placer de ser argentinos fuera de casa. Éramos como hermanos. Nadie se cansó ni aflojó un poquito. Y el camino era largo. Llamábamos la atención y nos encantaba. Después, en el subte, nos pusimos a conversar con un hincha de Nigeria y me confesó que estaba maravillado por nuestra pasión. Se sonreía y movía la cabeza, diciendo que era increíble cómo lo vivimos los argentinos. También elogió a “Manu”, a Scola, a todos… Le dije que Ginóbili era de otro mundo y asintió, riéndose.

Me sentí orgullosa, una vez más, de estar afuera de casa pero a la vez tan cerca.

Ah, ¡me olvidaba! Mientras el equipo cantaba el Himno, las cámaras tomaron a una argentina, con camiseta celeste y blanca. ¡Era yo! No puedo decir otra cosa que gracias, gracias por todo. Soy muy feliz.

 

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